En despoblado, cerca de ningún lugar,
al final de esos caminos de terracería
que parecen no llegar a ninguna parte,
donde por todos lados crece la mala hierba,
hay montones de basura y los árboles
se levantan con dosis de malignidad.
Allá, en tierra de nadie,
se cumple con los encargos de la muerte.
VÍCTOR RONQUILLO
Según informes proporcionados en días pasados por la Casa Blanca, Osama Bin Laden, líder de la facción terrorista Al Qaeda murió durante un ataque militar estadounidense. ¿En qué beneficia a la humanidad tal suceso? Al parecer, va a traer una gradual pacificación en la región del Medio Oriente, pues al ser cabeza de dicho grupo, éste sufrirá los efectos de su desaparición. Muchos buscarán el liderazgo de esta organización, lo que redundará en la atomización de sus contingentes, que quizá se enfrenten entre sí en la disputa por el poder supremo. En México se dice que a río revuelto, ganancia de pescadores, y en efecto, si los organismos internacionales de defensa usan bien sus recursos de investigación e inteligencia, podrán echar mano de cada uno de los líderes que eventualmente irán surgiendo, hasta anular la capacidad de acción y actuación de Al Qaeda.
Sabía que en cualquier momento
la espera terminaría.
Los matones iban a sacarlo a rastras
del purgatorio para llevárselo al infierno
a punta de pistola.
VÍCTOR RONQUILLO
Suena como título de película mexicana o colombiana, pero no lo es. Por el contrario, la figura del matón a sueldo es cada vez más popular en México. Quizá tristemente célebre, tal vez escabrosamente público, pero ya es uno de los personajes más conocidos y difundidos en el espectro nacional e incluso internacional. A ello coadyuva todos los días la prensa escrita, virtual, radiofónica y, sobre todo, televisiva. El sensacionalismo en pleno, sí, pero al fin y al cabo, efectista y en grande.
Las doctrinas religiosas lo consideran como el peor de los pecados: incluso, más perverso que quitarle la vida a un semejante. Las ideas filosóficas lo tienen por un tema escabroso, y los pensadores han debatido sobre él como un tema que debe resolverse. Así, unas lo han condenado, y otras, meditado, pero ninguna ha podido llegar a una solución o, al menos, a ubicar una forma de prevenirlo. Y salvo en Japón, donde se le considera como la única y rotunda salida para restablecer el honor, o en otro caso, una forma de morir gloriosamente antes que ver deshonrada la vida por un delito o una falta, el suicidio, que en occidente se conoce como harakiri –si bien en Japón prefiere llamársele seppuku– es un tema, si no abominable, sí espinoso.
Este artículo surge catapultado por la lectura que mi amigo Carlos Pérez Vaquero publicara en este mismo Web el miércoles 16 de febrero de 2011 y que se titula “El lunfardo: dialecto de ladrones”. Además, tiene una base filológica porque, en efecto, cada círculo social tiene su propio argot. Los habitantes de cada nación tienen su propio lenguaje. Más aún, por regiones, la jerigonza no es igual incluso en un mismo país. México es un ejemplo de ello.









