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Del suicidio, o lo que la desolación se llevó

Las doctrinas religiosas lo consideran como el peor de los pecados: incluso, más perverso que quitarle la vida a un semejante. Las ideas filosóficas lo tienen por un tema escabroso, y los pensadores han debatido sobre él como un tema que debe resolverse. Así, unas lo han condenado, y otras, meditado, pero ninguna ha podido llegar a una solución o, al menos, a ubicar una forma de prevenirlo. Y salvo en Japón, donde se le considera como la única y rotunda salida para restablecer el honor, o en otro caso, una forma de morir gloriosamente antes que ver deshonrada la vida por un delito o una falta, el suicidio, que en occidente se conoce como harakiri –si bien en Japón prefiere llamársele seppuku– es un tema, si no abominable, sí espinoso.

Sin embargo, en el mundo contemporáneo, y México es un ejemplo de ello, la gente se está arrancando la vida cada vez mayor con recurrencia y de las formas más variadas así como por razones que a unos se les harían, si no justificables, cuando menos sí comprensibles, si bien a otros podrían parecerles descabelladas o incluso absurdas. En fin, que no falta un día en el que una persona no se haya suicidado, lo mismo jóvenes que adultos o ancianos, o provenientes de una clase modesta o de una elevada posición social y económica. De ese modo, la salida más terrible, el suicidio, es cada vez más usada.

Siempre pensé que la muerte es democrática porque no distingue sexo, edad, condición económica o social, color de piel, peso, estatura o cualidad alguna, pero entiendo que usualmente llega por causas accidentales (entre las cuales incluyo por el momento a las enfermedades) o naturales (en esencia, la edad). Sin embargo, ver diariamente caer gente por su propia mano es impactante, y es que las razones para llegar a tan penoso extremo, por desgracia, son muchas en un momento en que la humanidad se encuentra sumergida en una espiral de crisis, caos y violencia. Entre ellas se pueden mencionar el desempleo, la falta de oportunidades, las deudas, el desamor y las rupturas familiares… en fin, esas y muchas más, aunque todas redundan en lo mismo: desolación y desesperanza.

Un sentimiento contrario a éstos es la desesperación, la cual produce una reacción que en cualquier caso es preferible a la depresión o la tristeza. En efecto, una persona desesperada puede recurrir a mil medidas para resolver un problema, pero al decidirse a hacerlo, avanza en la dirección de una solución. La desesperanza, en cambio, debilita a la persona, mina su voluntad, su fortaleza moral y obliga a ésta a tomar una de dos opciones. En el mejor de los casos, el individuo opta por la depresión, que si bien no es la mejor actitud, lo postra y, aun cuando sin ánimos, le mantiene con vida. La otra es el suicidio, que si es el verdadero propósito de la persona, culmina en la muerte (pues así como hay quien de verdad desea matarse, hay quien sólo pretende llamar la atención).

Nadie conoce los oscuros caminos del alma (si es que existe) ni de la naturaleza humana, pero debe trabajarse para combatir esta tendencia. El suicidio es, de todos los odiosos y nefastos efectos del caos reinante en la humanidad, la más cruel y desoladora manifestación del poco respeto que el ser humano se tiene a sí mismo como género y como individuo. Es aquí donde no hay dioses, santos ni divinidades que resulten útiles para salvar ya no se diga un alma, sino una vida. ¿Qué pensarán de ello las iglesias, los gobiernos, las grandes corporaciones? Esas personas muertas por su propia mano, ¿seguirán siendo simples cifras de un fenómeno que no les reditúa ganancia alguna, o serán parte de sus agendas?

Modificado por última vez en Jueves, 27 Septiembre 2012 20:27
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