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La hora del sicario

Sabía que en cualquier momento

la espera terminaría.

Los matones iban a sacarlo a rastras

del purgatorio para llevárselo al infierno

a punta de pistola.

 

VÍCTOR RONQUILLO

 

Suena como título de película mexicana o colombiana, pero no lo es. Por el contrario, la figura del matón a sueldo es cada vez más popular en México. Quizá tristemente célebre, tal vez escabrosamente público, pero ya es uno de los personajes más conocidos y difundidos en el espectro nacional e incluso internacional. A ello coadyuva todos los días la prensa escrita, virtual, radiofónica y, sobre todo, televisiva. El sensacionalismo en pleno, sí, pero al fin y al cabo, efectista y en grande.

 

Por su naturaleza –y por la delicadeza de su trabajo–, un sicario es un agente discreto, eficiente, rápido, certero y rotundo. Por obvias razones, si deja viva a su víctima, el que puede acabar muerto es él. Si llama la atención puede ser detectado y anulado. Si hace demasiado escándalo a la hora de cometer un homicidio, puede ser identificado y aprehendido. Si tarda demasiado en eliminar a su blanco, éste puede escapársele.

En la actualidad, se suele relacionar la imagen del sicario con el narcotráfico dado que así lo ha hecho ver la prensa fundamentalmente televisiva. No obstante, el sicario puede ser un agente independiente o, en otro caso, permanente, pero –por ello mismo– no necesaria ni exclusivamente al servicio de los cárteles de la droga. La idea de esta relación sicario-narco se ha atribuido a la presencia avasallante de grupos como los Zetas, la Familia Michoacana y otros que han cobrado gran notoriedad, pero que desde siempre han actuado, y no es sino hasta tiempos recientes cuando se han conocido sus nombres y filiaciones.

La notoriedad en cuestión se debe a los cada vez más frecuentes enfrentamientos y ejecuciones que han protagonizado a lo largo de la última década en el México ensangrentado. Los asesinatos y ejecuciones, al intentar ser ejemplares, conllevan una saña y crueldad impactantes, nuevos modelos de tortura, etc. Los enfrentamientos entre grupos o contra las fuerzas armadas o policiales, suelen durar muchas horas y producir bajas tanto civiles como policiales, militares y delincuenciales. Las civiles, por desgracia, suelen ser accidentales, pero eso sí, cada vez más recurrentes.

Sin embargo, es posible concluir que no se trata de sicarios en acción, sino formas de terrorismo, pues la crueldad en las ejecuciones o el uso de armas de gran poder en los combates, produce precisamente un terror inusitado en la gente. Como ya se dijo, el sicario es un matón, y como tal, mata y punto. No obstante, hoy se puede ver al sicario convertido en terrorista, y gracias a la fuerza de la imagen, se le ha dado una gran proyección local, regional y mundial. Incluso, hay noticieros (como el de la periodista Fernanda Tapia) que tienen sus ejecutómetros.

Con todo, me atrevo a afirmar que aun el más cruel de los sicarios es mucho más honorable que muchos políticos. El sicario mata porque ese es su trabajo. Los políticos que producen crisis, que causan y sostienen guerras, que alimentan odios, que por descuido provocan desastres (recuérdese el de Tabasco en 2007), que generan hambre y escasez, que atizan el fuego de la violencia y el caos con mayor desempleo, pérdida de poder adquisitivo y frustración social, son peores, porque hay criminales que tienen códigos. Los políticos, ¿qué código observan? ¿Cuál es su moral? ¿Conocen el honor?

Modificado por última vez en Jueves, 27 Septiembre 2012 20:08
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