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Patriarcado en crisis: Pulsión criminógena
Fotografía de Pixabay.com

Patriarcado en crisis: Pulsión criminógena

Hace mucho más de medio siglo, políticas tan improbables como Clara Campoamor o Victoria Kent campaban por entre los escaños de un parlamento español formado por hombres. El papel de las mujeres en la política era motivo de debate, y entre ambas políticas chocaban dos estrategias: la necesidad moral de Campoamor de conceder de inmediato el voto a la mujer frente al pragmatismo socialista de Kent, que parecía dispuesta a retrasar la consecución de ese derecho para evitar el fortalecimiento de la derecha y a fin de dotar de formación e información a la población femenina, muy influenciada entonces por la eclesiarquía.

Actualmente, los derechos femeninos siguen ampliándose, y ello acarrea la eclosión de miles de casos de violencia contra la mujer en el seno familiar y en la esfera social; esto es, violencia sexual como las orgías políticas o los abusos de políticos poderosos, la persecución de mujeres que “invaden” esferas comúnmente masculinas, o la cosificación televisiva.

Rescatando el artículo posmachismo, recordamos lo siguiente: el avance de los derechos y libertades de la mujer, así como su paulatina adquisición de herramientas de empoderamiento, han provocado que el modelo patriarcal entre en crisis.

“Crisis: Del lat. crisis, y este del gr. κρίσις krísis. - f. Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”.

La reacción a esta crisis ha sido tanto la hostilidad hacia la irrupción de la mujer en campos hegemónicos del hombre, y el nacimiento de nuevos grupos sociales afines a ideologías del odio, como las comunidades MGTOW (Men Going Their Own Way), las Red Pill (pastilla roja), los pick up artists (artistas del ligue) o MRM (Men Rights Movement).

Estas reacciones son el síntoma de la ya mencionada crisis de patriarcado, donde el rol del hombre, tan definido durante años, empieza a perder sentido. Históricamente, al hombre se le ha exigido cumplir con un seguido de roles a cambio del encaje normativo y social:

  • Reafirmación constante de la masculinidad.
  • Creación y representación del núcleo familiar.
  • Mantenimiento económico del núcleo familiar.
  • Consecución del éxito económico mediante la posesión de bienes materiales.

Virulencia del odio hacia la mujer y crisis económica

La crisis económica global, surgida en 2007, ha disparado la destrucción de muchas pymes al evaporarse las líneas de crédito de que disponían y al no poder hacer frente a pagos y a deudas. La desaparición de pequeñas empresas, junto a la sangría de despidos en grandes empresas que en España llevó a una cuarta parte de la población a las puertas del INEM, ha conllevado a la imposibilidad de quienes están tras ellas de sostener su independencia familiar, esto es, de afrontar sus hipotecas y los gastos propios de un núcleo familiar.

Hay autores que relacionan la falta de recursos con la pérdida de autoestima (Bookman, 2009; Kriesler, 2009). Matlak (2013) afirma que los problemas financieros tienen un impacto psicológico grave sobre un elevado porcentaje de la población masculina; culpa de este impacto tienen que ver con la relación cultural que las sociedades, a nivel global, establecen entre masculinidad y éxito económico.

“soy un machote: no necesito ayuda”

La crisis del rol tradicional masculino es un hecho al que la población masculina se adapta a medida que los individuos maduramos y adquirimos consciencia de los derechos y deberes que poseemos nosotros y nuestros vecinos, indistintamente de su sexo, etnia o religión. Pero el impacto sigue siendo importante, pues hay mensajes contradictorios sobre cuál es el rol que hombres y mujeres deben asumir hoy en día.

La aceptación de roles estereotípicos en relación al sexo y a la masculinidad tiene efectos devastadores en el hombre a nivel de salud mental. Vogel, Heimerdinger-Edwards, Hammer y Hubbards (2011) realizaron un estudio para dilucidar por qué la población masculina con problemas de salud mental es más reacia a recibir ayuda psicológica que otros grupos poblacionales. En el estudio establecieron una conexión entre cuatro factores, cada uno de ellos evaluados con escalas específicas sobre una población de 4773 hombres cuyas edades se comprendían entre los 18 y los 79 años:

  • Confirmaron la relación entre conformidad frente a normas de masculinidad y comportamientos de alto riesgo, homofobia y consumo de alcohol.
  • En relación con el concepto de masculinidad, definieron la existencia de un estigma autoimpuesto ante actitudes consideradas débiles, como aceptar ayuda psicológica.
  • La actitud frente a la asistencia psicológica posee, según el grupo poblacional evaluado por los autores, una correlación negativa con los dos factores previos; es decir, la actitud frente a la intervención a favor de la salud mental de carácter asistencial es recibida con recelo y/u hostilidad en aquél grupo poblacional que acepta normas clásicas sobre masculinidad.
  • Los síntomas cognitivos, afectivos y vegetativos de la depresión fueron examinados.

En general, se probaron diversos modelos estructurales para comparar qué orden guardan estos cuatro aspectos a la hora de relacionarse entre ellos. Una de las conclusiones más relevantes del estudio de Vogel et al. (2011), es que: “los hombres que han internalizado mensajes referentes a un comportamiento masculino dominante podrían entender la búsqueda de ayuda o asistencia como un fracaso a la hora de cumplir con sus estándares de masculinidad” (p.8).

Feminismo y emancipación del hombre

La clara definición de valores considerados masculinos y deseables durante los últimos siglos – en especial la primera mitad del siglo XX – normalizó actitudes y comportamientos hoy perseguidos por ley, como la discriminación por razón de raza o condición sexual, pero, en privado, las razones para aprobar y apoyar esa clase de actitudes no terminaban de entenderse. En su libro Sociological Perspectives on Sport, Connell (2015) ilustra las reflexiones de un atleta australiano a través de una profunda entrevista. En ella se deja claro el elemento que hace del atleta entrevistado un ejemplo de masculinidad: competitividad, publicidad de su imagen como producto, disciplina extrema y mantenimiento de su imagen pública. Pero su ejemplo choca frontalmente con otra clase de masculinidad que su entorno parece conocer bien: borracheras y peleas de bares.

Las definiciones de este atleta sobre las mujeres, los homosexuales y el feminismo son una mezcla de desconocimiento y desprecio verbal culturalmente heredado, pero sin un posicionamiento claramente hostil, demostrando de este modo que su actitud es más de indiferencia que de auténtica oposición. Pero lo interesante viene en cuanto a responder sobre qué significa “ser un hombre”, respuesta que el atleta no es capaz de responder de forma clara.

El quid de la entrevista es la presión social que ser un ejemplo de masculinidad conlleva para el atleta entrevistado. La masculinidad no es un atributo biológico, sino un atributo social concedido a modo de recompensa. A cambio de éste, las acciones del receptor se veían restringidas a una serie de patrones que entraban dentro de esa definición. Ser homosexual, físicamente débil o poco agresivo eran, claramente, factores anatema.

Los éxitos políticos y sociales del feminismo han irradiado la esfera de la vida del hombre. Para empezar, la legislación sobre agresiones sexuales con resultado de violación empezó a cambiar en los Estados Unidos gracias a la más que pragmática alianza entre luchadoras blancas de los derechos de las mujeres, eminentemente de clase media, con las feministas negras cuya fuerza crecía durante los años setenta, y cuya particular y ominosa situación (despreciadas y asesinadas por ser negras, a la vez que eran violadas por sus propios verdugos blancos) despertó la conciencia de parte de la población blanca progresista. Cuando la segunda oleada feminista propuso un análisis de la violación como un acto de violencia ejercida como relación de poder sobre alguien, miles de casos de mujeres que sufrieron abusos en su infancia por familiares o gente cercana brotaron a la superficie. Fue entonces, y solo entonces, cuando surgieron a la vez voces de hombres que habían sufrido exactamente la misma clase de abusos; la ley del silencio de las víctimas masculinas de violaciones empezó a resquebrajarse, y obligó a las autoridades a definir la violencia sexual no solo como un problema político y de un sexo, sino un problema universal que podía afectar a cualquier ser humano.

El desencadenante de que los hombres empezaran a denunciar también sus historias de abusos sexuales fue el éxito de aquella segunda oleada feminista en poner en entredicho normas y costumbres de género sexistas. De repente, las víctimas masculinas de violación descubrieron que, quizás, podían alzar su voz sin temor a ser despreciadas o vilipendiadas.

La conquista del derecho a la baja por maternidad se ha extendido a la baja por paternidad, un derecho más que merecido para los hombres que quieren y deben poder disfrutar del cuidado de sus hijas e hijos.

La liberación ha venido también en forma de derechos reproductivos.  La comercialización de las píldoras anticonceptivas se dio durante los años sesenta en los Estados Unidos con una fuerte oposición conservadora. En consecuencia a la moralidad imperante, algunos estados prohibieron la venta de las píldoras. En aquél entonces, el Tribunal Supremo decretó que prohibir la compra de píldoras anticonceptivas violaba el derecho a la privacidad que la Constitución de los Estados Unidos tiene por norma sagrada e inviolable.

Un decreto de ese tipo puede tener un impacto increíble. En este caso, supuso un espaldarazo a los movimientos feministas que temían un incremento de la venta de píldoras adulteradas en el mercado negro, con el subsecuente riesgo para la salud, pero también ayudó a la población masculina; la posibilidad de las parejas de hecho y de menores de obtener la píldora abrió las puertas a unas etapas; una de investigación sobre salud reproductiva; la otra, de sexualidad conjunta, que dejaba de concebir a la mujer como una mera figura utilitaria para convertirla en una compañera sexual, a la vez que las parejas veían aumentada su libertad.

La universalización de los servicios de salud reproductiva benefició no solo a las mujeres; la asistencia en materia de salud reproductiva se extendió a todo el mundo, acogiendo también a hombres y personas transexuales y mejorando así su calidad de vida.

Conclusiones y llamada a la reflexión

Las luchas por los derechos de las mujeres han liberado al hombre de una serie de normas sociales y morales que, en realidad, nunca había escogido. Gracias a la liberación de la mujer, el hombre pierde la cadena que le obliga a proveer a nadie salvo a sí mismo o a personas directamente dependientes de él por razones de salud.

Muchas escuelas de pensamiento criminológico constatan una relación entre algunas formas de delincuencia y situación socioeconómica. La delincuencia patrimonial suele correlacionar con más frecuencia factores de pobreza y precariedad económica, mientras que la delincuencia doméstica encuadrada en el maltrato y el abuso tiene poco de económico y mucho de construcción de género como sistema vertebrador de responsabilidades de la mujer y autoridad del hombre (Dobash y Dobash, 1998). Las vías en las que se contruye el género de un modo propiamente machista son múltiples, siendo la violencia, para los maltratadores, una estrategia, un recurso para reafirmar que se es “hombre” (Hearn, 1998). Vistolo visto, no parece tan extraño que, bajo el paraguas de una cultura “macho” que obligue a sus integrantes a reafirmar su masculinidad de manera constante para no perder la aceptación grupal desde pequeños, los casos de maltrato doméstico sean más comunes que en una cultura donde la escala de aceptación social sea mucho más amplia, y dé cabida a identidades alternativas.

Irónicamente, los derechos de las mujeres han otorgado a sus detractores un interesante abanico de privilegios:

  • La libertad para escoger la pareja y ser escogido,  y el derecho a permanecer soltero sin miedo al escrutinio social.
  • La libertad para escoger una pareja sexual sin miedo al escrutinio social.
  • El uso de servicios de planificación familiar, salud sexual y derechos reproductivos
  • La no obligación de sostener financieramente un núcleo familiar.
  • La oportunidad de progresar económicamente gracias a la contribución de la pareja
  • El uso y disfrute de la baja por paternidad.
  • La liberación de tener que cumplir normas sociales opresivas antes consideradas deseables y propias de un hombre.
  • La inclusión del hombre como víctima en los tipos penales de agresión sexual.

El resultado de las políticas promovidas por la lucha a favor de los derechos de la mujer ha sido una expansión de los derechos del hombre, sin perjuicio del resto de población que también se ha beneficiado de estas luchas, como la infancia o la tercera edad, pero que no se mencionan aquí. La reflexión final tiene que ver con la llamada a la aceptación de un hecho: que las definiciones de lo que es socialmente deseable se han ampliado, y las normas clásicas se han debilitado, y ese proceso seguirá siendo así en años venideros. Esto ha provocado un conflicto generacional que se traduce en movimientos de odio contra la mujer y en defensa de valores en claro declive; de la sociedad civil y de la pervivencia de la lucha por estos derechos depende que este conflicto generacional – el paso de un sistema patriarcal a uno más tolerante, libre e inclusivo – sea lo menos dañino posible.

Bibliografía

  • Anderson, K. L., & Umberson, D. (2001). Gendering violence: Masculinity and power in men's accounts of domestic violence. Gender and Society, 15(3), 358-380. doi:10.1177/089124301015003003
  • Dobash, R. E., & R. P. Dobash. 1998. Violent men and violent contexts. Rethinking violence against women. Thousand Oaks, CA: Sage.
  • De Ganck, J., & Vanheule, S. (2015). "bad boys don't cry": A thematic analysis of interpersonal dynamics in interview narratives of young offenders with psychopathic traits. Frontiers in Psychology, 6, 960.
  • Goodey, J. (1997). Boys don't cry. The British Journal of Criminology, 37(3), 401.
  • Hearn, J. 1998. The violences of men: How men talk about and how agencies respond to men's violence against women. Thousand Oaks, CA: Sage.
  • Karen, D., & Washington, R.E. (editores) (2015). Sociological Perspectives on Sport: The Games Outside the Game. Routledge: New York.
  • Matlak, M. (2014). The crisis of masculinity in the economic crisis context. Procedia - Social and Behavioral Sciences, 140, 367-370. doi:10.1016/j.sbspro.2014.04.436
  • Vogel, D. L., Heimerdinger-Edwards, S. R., Hammer, J. H., & Hubbard, A. (2011). "boys don't cry": Examination of the links between endorsement of masculine norms, self-stigma, and help-seeking attitudes for men from diverse backgrounds. Journal of Counseling Psychology, 58(3), 368.
Modificado por última vez en Miércoles, 07 Septiembre 2016 12:25
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